En la conversación técnica sobre manejo de huertos del aguacate, el anillado suele aparecer como una práctica puntual. Sin embargo, entenderlo así es quedarse corto. El anillado es parte del manejo integral del follaje, al mismo nivel que la poda, el despunte, la selección de brazos o el control de goma. Bien ejecutado y, sobre todo, bien calendarizado, se transforma en una herramienta estratégica para ordenar la fisiología del árbol y sostener producciones sobresalientes en el tiempo.
La lógica del anillado es conocida: interrumpir temporalmente el flujo de la corteza para acumular azúcares y carbohidratos sobre la cicatriz. Esa acumulación no es un fin en sí mismo; es un medio para influir en puntos críticos del ciclo productivo, y ahí el momento lo es todo. Anillar en otoño tiende a fortalecer la floración de la temporada siguiente. Hacerlo en primavera, durante floración, puede mejorar la cuaja. Y realizarlo en verano apunta a potenciar el calibre. El mismo gesto técnico, aplicado en fechas distintas, produce resultados distintos.
La precisión temporal es tan determinante que incluso dentro de la floración el anillado puede adelantar o atrasar la flor. En contextos como el chileno, donde octubre puede traer primaveras frías que dañan embriones en ciertas zonas, un anillado más tardío permite escapar de esos eventos. No es teoría: es manejo fino para convivir con la variabilidad climática.
Ahora bien, el anillado no vive solo. Su verdadero potencial aparece cuando se entiende su relación inseparable con la poda. La mayor presión productiva se logra cuando se anillan maderas jóvenes, de uno a tres años. Eso obliga a una poda intensa y sistemática, orientada a renovar el huerto: sacar cada temporada la rama más envejecida o la que acumula más anillos. El corte del anillo —solo sobre la corteza— cicatriza, pero si esa madera no se elimina a tiempo, la cicatrización puede ser incompleta y abrir la puerta a hongos de la madera, además de degradar la calidad floral con el envejecimiento.
Aquí aparece una ventaja indirecta, pero decisiva: quien anilla bien, está obligado a podar bien. Un huerto que anilla mucho y poda poco envejece; uno que mantiene el ciclo de anillar–producir–eliminar se mantiene joven, eficiente y ordenado. En la práctica, esto se traduce también en mejores equipos: cuadrillas entrenadas que entienden el ciclo, que reconocen qué rama se anilló hace uno o dos años y cuál corresponde salir hoy. No es raro que los mismos anilladores terminen siendo los podadores más precisos.
Los resultados están a la vista. Huertos que dominan esta lógica alcanzan producciones entre 20 y 40 toneladas, con consistencia. Y esa consistencia es clave en un negocio donde el precio no siempre acompaña. La temporada pasada, Chile aprovechó una ventana comercial con valores muy atractivos; esta temporada los precios siguen siendo buenos, pero no excepcionales, y la presión de un año alto de Perú se sintió con fuerza al inicio. Frente a ese escenario, insistir en “adivinar” el mejor precio es una distracción.
Productores y asesores controlamos pocas variables, pero el tonelaje forestal sí está bajo nuestro control. Trabajar por huertos juveniles, bien nutridos, renovados y técnicamente ordenados es la única forma de independizarse del precio. La cosecha debe salir cuando la fruta corresponde, tecnológicamente, sin forzar adelantos ni atrasos que comprometan calidad o futuro productivo. El foco no está en correr detrás del mercado, sino en sostener huertos que rindan, temporada tras temporada.
El anillado, bien entendido, no es un truco ni una moda. Es una disciplina que exige criterio, calendario y coherencia con la poda. Cuando esas piezas encajan, el huerto responde. Y en un negocio volátil, esa respuesta es, quizás, la ventaja más sólida que se puede construir.






